La producción de arroz en Uruguay ha culminado otra campaña agrícola marcada por cosechas excepcionalmente generosas, con rendimientos que se acercan e incluso superan en algunas explotaciones los 10.000 kilogramos por hectárea. El promedio nacional se situó por encima de los 9.300 kg, consolidándose como el cuarto registro más alto en la historia del país. Sin embargo, este éxito productivo se ve empañado por la escasa rentabilidad que afronta el rubro, un desafío persistente para los agricultores.
Tras la recolección, el sector se encuentra en una fase de expectativa crítica, aguardando una mejora en las cotizaciones tanto para la venta de la actual zafra, que superó los 1,5 millones de toneladas, como para la planificación de futuras plantaciones. En este contexto, se están desarrollando mecanismos financieros para apoyar la continuidad del próximo ciclo productivo, mientras se aguarda la definición del precio provisorio correspondiente a la reciente cosecha.
La resiliencia del sector frente a las pronunciadas caídas de los precios globales ha dependido, en gran medida, de una productividad sostenida. El cultivo de arroz ha logrado estabilizar rendimientos superiores a los 9.000 kilogramos por hectárea, y la estrategia actual se enfoca en dos vertientes: mantener elevadas producciones a la vez que se reducen los costos. Esto implica optimizar el potencial inherente del sistema y disminuir la dependencia de insumos caros. Ante el escenario actual de precios, es prácticamente inviable que los números cuadren, particularmente para los agricultores que operan en tierras arrendadas y deben cubrir los costos del agua, quienes, careciendo de otras opciones productivas, se ven en una situación muy comprometida.
A nivel global, los arroceros depositan esperanzas en el fenómeno de El Niño, previendo que su impacto en los grandes productores asiáticos —cuya zafra monzónica podría verse afectada por lluvias tardías o insuficientes— impulse un alza en los precios internacionales. No obstante, el panorama inmediato es de cautela: los valores en Brasil permanecen deprimidos y, aunque se perciben señales de una leve recuperación en otros mercados, la actividad exportadora uruguaya del último mes ha sido reducida, a la espera de condiciones más favorables. La superficie dedicada al cultivo de arroz experimentó una contracción en la campaña precedente, una tendencia que genera inquietud sobre su posible repetición.
Pese a un incremento del 20% en el volumen de arroz exportado durante la zafra 2026 en comparación con el año anterior, el valor total se ha desplomado. Entre marzo y mayo, se comercializaron 265.190 toneladas por un total de US$ 100 millones, lo que arroja un precio promedio de US$ 418 por tonelada. Esta cifra contrasta con los US$ 115 millones obtenidos en el mismo lapso de 2025, cuando el valor promedio alcanzaba los US$ 574 por tonelada, lo que implica una disminución del 27% en el precio unitario interanual. México se consolidó como el principal comprador con casi la mitad del volumen (49%), seguido por la Unión Europea y Brasil. Las cotizaciones varían según el producto: mientras el arroz con cáscara se colocó en México a unos US$ 340 y en Brasil a US$ 407, el arroz blanco para mercados europeos como Francia alcanzó los US$ 620.
Guillermo O’Brien, presidente de la Asociación Cultivadores de Arroz (ACA), describió el escenario actual como «particularmente complejo». Explicó que, desde el punto álgido de los precios en 2024, los ingresos del sector han experimentado una caída del 38%, en un contexto global caracterizado por una marcada corrección de las cotizaciones internacionales y una sobreoferta mundial del cereal, tanto en Asia como en la región del Mercosur. A esta coyuntura se añade una estructura de costos persistentemente elevada. O’Brien detalló que el último cálculo de costo de producción ascendió a US$ 2.200 por hectárea, atribuido principalmente al encarecimiento de fertilizantes y gasoil, insumos esenciales para la actividad. Advirtió que la próxima siembra marcaría el quinto año consecutivo con costos superando la barrera de los US$ 2.000.
Diego Nicola, gerente de Saman y vicepresidente de la Gremial de Molinos Arroceros, comentó que el mercado internacional se encuentra en un periodo de gran volatilidad, aunque se observa una recuperación gradual y moderada de los precios en comparación con los mínimos históricos. La campaña previa comenzó con cotizaciones más firmes que, sin embargo, se fueron debilitando a lo largo del año, alcanzando sus niveles más bajos entre noviembre y enero. Desde entonces, ha habido un ascenso, pero los valores actuales distan aún de los registrados a principios de 2025. Nicola indicó que, afortunadamente, «la tendencia es al alza», si bien el proceso de recuperación es lento. A pesar de que Brasil y la región aún no reflejan estas mejoras, el mercado internacional del arroz muestra indicios de fortalecimiento: Tailandia reporta su precio más elevado en un año y los futuros de Chicago alcanzaron sus máximos desde agosto de 2025. Este incipiente repunte ocurre mientras el sector arrocero uruguayo acaba de cerrar el precio final de la zafra anterior en US$ 10,50 por bolsa, el valor más bajo desde 2019 (cuando los costos eran inferiores), y por debajo del precio provisorio de US$ 11,05. Esta es la segunda campaña consecutiva en que los productores deben realizar ajustes a la baja. En Brasil, el precio del arroz, que había mostrado un ascenso paulatino durante la cosecha, volvió a caer, cerrando por debajo de los US$ 12 por bolsa por tercera semana consecutiva, su nivel más bajo en tres meses.
Respecto a la oferta global, persiste la existencia de stocks, aunque emergen ciertos factores que podrían indicar una paulatina reactivación del mercado. Entre estos, sobresalen la proyectada disminución de la superficie arrocera en Estados Unidos y la potencial ocurrencia de un evento El Niño en Asia. De materializarse, esta situación podría incentivar una gestión más prudente de las reservas en el mercado internacional. Adicionalmente, la inestabilidad derivada de tensiones geopolíticas y conflictos armados continúa repercutiendo en los costos logísticos, los combustibles y los fertilizantes. Ante este panorama, el sector está impulsando la creación de un instrumento financiero clave para sostener a los productores mientras el mercado internacional se estabiliza. Esta iniciativa busca asegurar la liquidez, mantener la superficie cultivada y garantizar la continuidad de una actividad estratégica para Uruguay, especialmente en una campaña (2026/27) en la que el suministro de agua para riego no sería un impedimento. No obstante, se prevé que esta herramienta solo estará operativa una vez que se establezca, hacia fines de junio, el precio provisorio de la cosecha recién finalizada.
Un aspecto novedoso de esta campaña es la implementación del acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea. En su fase inicial, se asignó una cuota anual de 10.000 toneladas para todo el bloque, distribuidas en 6.667 toneladas para el periodo provisional de mayo a diciembre. Los exportadores uruguayos lograron concretar el 63% de este volumen al 21 de mayo, un logro destacado por las autoridades. La cuota se incrementará en 10.000 toneladas anualmente hasta alcanzar un total de 60.000 toneladas para el Mercosur. Aunque Diego Nicola considera que «toda apertura de mercados es positiva», calificó estos volúmenes como «realmente bajos».
Emiliano Ferreira, asesor arrocero de Asinagro, analizó en el Taller de la zafra 2025-26 que, a pesar de las dificultades, la campaña pasada se caracterizó por un elevado rendimiento. El inicio fue prometedor, con siembras eficientes y rápidas, lo que sentó las bases para una alta productividad. No obstante, se presentó una situación poco común: temperaturas bajas durante la fase crítica de floración. Ferreira señaló que el cambio climático ha hecho que este tipo de eventos, con noches frías que causan esterilidad, sea cada vez más raro en el presente siglo. Específicamente, a principios de enero se registraron mínimas de 6 °C, impactando variedades de ciclo corto como Gurí, la segunda más cultivada. Posteriormente, a fines de enero, hubo otro descenso térmico, aunque con menor afectación, hacia la variedad INIA Merín, que mostró mayor resistencia. Un elemento constante fue la radiación solar, que ha mostrado un notable incremento en los últimos años y fue particularmente elevada durante esta zafra. «Casi que sobra radiación», comentó Ferreira. Gracias a estas condiciones, se alcanzó un rendimiento promedio de 9.338 kilogramos por hectárea, afianzando la productividad nacional por encima de las 9 toneladas, un nivel que pocas regiones del mundo logran sostener. Esta es la quinta vez en las últimas seis campañas que se supera esa marca, estableciendo un nuevo umbral de eficiencia para el cultivo.
Con base en una superficie sembrada de 163.757 hectáreas, según datos de la ACA, la producción total excedería el millón y medio de toneladas, ubicándose como la tercera zafra de mayor volumen en la historia del país, solo superada por la campaña anterior y la de 2010-11. En cuanto a las variedades, Merín se mantuvo a la vanguardia, alcanzando los 9.700 kilos por hectárea y superando en más de 600 kilos a Gurí, la segunda variedad más extendida. No obstante, esta campaña marca la primera vez que se observa una ligera reducción en el área destinada a Merín, que ha sido la predominante en años recientes. Ferreira también hizo hincapié en el excelente rendimiento de la línea 19.231, un híbrido de Gurí y Merín, que demostró una mayor resistencia al frío que Gurí. Olimar goza de buena aceptación, al igual que Tacuarí, esta última beneficiándose de una bonificación en el precio debido a su demanda en el mercado peruano.
Los desafíos agronómicos, como la creciente resistencia de las malezas –una problemática común a toda la agricultura–, representan un obstáculo importante. El productor Alfredo Lago, expresidente de la Asociación de Cultivadores, subraya la necesidad de seguir apostando a la máxima productividad. A pesar del encarecimiento de los fertilizantes, Lago sostiene que la única vía para continuar la siembra es confiar en una recuperación de los precios internacionales y reconocer la relevancia social del cultivo, que genera empleo para una persona cada 80 hectáreas. Asimismo, advierte que si bien los años con influencia de El Niño suelen reducir la productividad arrocera debido a la menor radiación solar, representan un riesgo considerable para la soja por la amenaza de inundaciones. “No queda más que perseverar, quizás otorgando un peso mayor a la ganadería. Pero, a nivel personal, confío en una mejora de precios durante los años de El Niño”, afirmó, explicando que, con pocas excepciones, estos periodos suelen coincidir con los mejores precios internacionales, intensificándose el alza cuanto más fuerte es el fenómeno. Sin embargo, enfatizó que «la mejora debe ser sustancial, ya que no creo que los fertilizantes disminuyan significativamente». Además, el reciente acuerdo de libre comercio con la Unión Europea genera una expectativa moderada de valorización, aprovechando la calidad intrínseca del grano uruguayo y sus métodos de producción para obtener ventajas competitivas.
Jesús Castillo, director del Programa de Arroz del INIA, resaltó durante el Taller de análisis de la reciente zafra que la meta de los 10.000 kilos por hectárea ya es una realidad en muchas explotaciones, y lo que es más relevante, sin una dependencia excesiva de insumos. Esto ofrece valiosas lecciones para el resto del sector. Históricamente, el aumento del rendimiento ha estado ligado a la adición de nitrógeno, cuyo costo se ha elevado. Por ello, el gran desafío es transitar hacia fuentes biológicas de nitrógeno, menos dependientes de la síntesis química. Este progreso en la productividad también se debe a la resolución de problemas fitosanitarios como la piricularia. Otro aspecto crucial de manejo es la rotación de cultivos: cerca del 50% del arroz sucede a pasturas, un 25% a arroz y el 25% restante a soja. Se ha observado que cuando el arroz se cultiva después de otro ciclo de arroz, el rendimiento disminuye en aproximadamente una tonelada por hectárea, una disparidad que es objeto de intensa investigación. Las pasturas ofrecen ventajas sobre la soja, aunque su impacto es un proceso lento y monitoreado. Además, la soja no siempre se adapta a todos los sistemas productivos, ya que muchos arroceros también se dedican a la ganadería. En cuanto a las variedades, parte de la labor se enfoca en mantener la productividad con ciclos de crecimiento más breves. Tradicionalmente, aumentar el rendimiento implica alargar el ciclo, lo que dificulta las rotaciones y retrasa la incorporación de pasturas, por ejemplo. Paralelamente, se investigan características de calidad como el porcentaje de grano entero, el blanco total, la cocción (caso de Olimar) y el grado de yesado. Es decir, se persigue tanto la calidad para la molienda como la calidad culinaria, procurando un grano que permanezca suelto tras la cocción, salvo en variedades destinadas a preparaciones específicas como el sushi.
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