Artigas Rivero conmemora cinco décadas dedicadas a la producción de maní, una labor agrícola que heredó de su padre y que ha logrado transmitir a la tercera generación de su familia. No obstante, esta significativa trayectoria se ve empañada por un grave obstáculo externo: la invasión de maní extranjero que satura el mercado local.
«Estamos rodeados de una montaña de maní y las ventas son mínimas», expresó con preocupación Rivero, un referente en el sector. Esta situación, según explica a El Observador, se debe al ingreso de producto de países vecinos, que desplaza al maní cultivado en Uruguay. Artigas aboga por medidas que garanticen la prioridad de la producción nacional: «Deberíamos poder vender lo que se produce aquí, generando empleo en nuestro campo y pagando nuestras cuentas, antes de recurrir a la importación».
El maní figura en la «Lista Inteligente» del Observatorio Granjero, que promueve el consumo de productos locales. Actualmente, su precio minorista en la UAM (Unidad Agroalimentaria Metropolitana) ronda los $150 por kilo.
Artigas, de 62 años, recuerda haber comenzado en el cultivo de maní con solo 12. «Aprendí de mi padre, pero siendo muchos hermanos, tuve que abrirme camino», relata. Sus inicios fueron modestos: «Aproveché rastrojos en una chacra prestada y saqué tres bolsas y media de 20 kilos cada una; todo lo guardé para semilla y al año siguiente ya pude vender».
Residente en Paysandú, donde posee las instalaciones para el tostado y fraccionamiento del maní, enfrenta una notable adversidad logística: la escasez de tierras cultivables cercanas. «Tuvimos que irnos lejos, arrendamos en Tacuarembó, cerca del poblado Las Arenas, próximo a Caraguatá», detalla. Esto implica realizar a diario, y a veces los domingos, un trayecto de casi 336 kilómetros hasta la chacra.
En una extensión de 50 hectáreas, trabaja hombro a hombro con su hijo de 21 años, quien representa la tercera generación de maniceros. «Mi hijo, que prácticamente nació entre los cultivos, es un orgullo», comenta. Otro de sus hijos produce de forma independiente, y tiene una hija en Montevideo, además de tres empleados. «Nos apasiona lo que hacemos, pero la prioridad ahora es poder vender la producción», agrega.
Estimar la producción anual es complejo por las fluctuaciones climáticas y de mercado, pero en un año promedio, Artigas puede cosechar unos 100 mil kilos. Sin embargo, no todo ese volumen llega a comercializarse. La cosecha de este año, iniciada en marzo y extendida hasta principios de junio, arroja un panorama desalentador. «Tenemos una ‘montaña’ de maní, es impresionante, pero enviamos muy poco a la UAM debido a la fuerte competencia de afuera», explica. Resalta un detalle crucial: «No es que el maní importado sea mejor; mis clientes me dicen que el nuestro tiene mejor sabor, que el de afuera puede verse bien, pero el de aquí es más rico».
El maní, o cacahuate, es una legumbre originaria de los Andes, popular como snack y utilizada también en cosmética, pinturas y alimento para ganado. En Uruguay, las zonas tradicionales de cultivo se ubican en Noblía (Cerro Largo) y en las proximidades de Guichón (Paysandú).
Los ingresos de esta producción son vitales para la familia Rivero, solo complementados en verano con la venta de sandía. El maní se comercializa fraccionado en paquetes de 10 y 2 kilos, tanto en su local de Paysandú (a comerciantes) como a un mayorista en la UAM. «Quedar fuera del mercado después de tanto sacrificio es una gran tristeza», confiesa. Artigas inicia su jornada a las 6 de la mañana en Paysandú y regresa a las 9 de la noche, acumulando casi 700 kilómetros diarios por la logística de su negocio.
La situación económica es precaria, con «cuentas en rojo» debido a los altos costos: el arrendamiento de la tierra, la producción de semilla propia, la mano de obra, el combustible para maquinaria y transporte, fertilizantes, productos para el curado de plantas y el gas para el tostado. «Lamentablemente, nos va a sobrar mucho maní. Veremos si lo vendemos más adelante, porque lo bueno es que lo conservamos muy bien y mantiene su calidad, pero los ingresos apenas alcanzarán para la próxima siembra», concluye Rivero. A pesar de las dificultades, la determinación prevalece: «No nos queda otra que seguir trabajando, aunque nos duela lo que pasa, hay que continuar».
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