Los conflictos en Oriente Medio, como ha demostrado la historia, trascienden con frecuencia los límites geográficos de la región. Si bien su análisis suele centrarse en aspectos como la seguridad, la energía o la estabilidad geopolítica, es crucial destacar su profunda incidencia en los mercados agrícolas internacionales, con una atención particular en el sector de los fertilizantes, según un análisis de Muhammad Ibrahim, Director General del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).
La estrecha relación entre los sectores energético, de transporte marítimo y de producción química implica que cualquier escalada de tensiones en esta área geográfica puede generar significativas alteraciones en la disponibilidad y el coste de insumos esenciales para la actividad agrícola.
El gas natural constituye un elemento indispensable para la fabricación de fertilizantes nitrogenados, como el amoníaco y la urea. El método predominante para producir amoníaco, que es la base de gran parte de estos fertilizantes, exige un consumo masivo de gas natural, llegando a representar entre el 70% y el 80% del coste productivo total en numerosos escenarios. Consecuentemente, una crisis que impulse al alza los precios del petróleo y el gas se traduce de forma inmediata en un encarecimiento de la producción de fertilizantes, repercutiendo directamente en el suministro global.
Además del factor energético, hay que considerar la relevancia de varias naciones de Oriente Medio como fabricantes y exportadores de fertilizantes y de los químicos necesarios para su elaboración. Las principales potencias del Golfo Pérsico albergan vastos complejos petroquímicos dedicados a la producción de amoníaco, urea y otros compuestos nitrogenados para el comercio internacional. Irán, por ejemplo, es un proveedor significativo de urea.
El transporte marítimo emerge como otro pilar fundamental. Una porción considerable del flujo global de fertilizantes transita por corredores marítimos críticos adyacentes a áreas de conflicto, tales como el estrecho de Ormuz, el mar Rojo o el canal de Suez, considerados puntos de estrangulamiento para el comercio mundial. Un deterioro de la seguridad en estas vías eleva las primas de los seguros para los buques, fuerza a las navieras a desviar sus trayectorias para eludir riesgos, y extiende los tiempos de tránsito, con la consecuente subida de los gastos logísticos. Incluso si la manufactura no se interrumpe, el alza en los costes de flete puede disparar considerablemente el precio final que afrontan los productores agrícolas en diversas naciones.
Los efectos de estas fluctuaciones se manifiestan de inmediato en el ámbito agrícola: frente a un notable incremento en el coste de los fertilizantes, los agricultores tienden a disminuir su aplicación o a modificar sus cronogramas de siembra. Esto puede resultar en una disminución del rendimiento por hectárea y, en ocasiones, en una merma de la superficie cultivada. A medio plazo, la fertilidad del suelo también se ve comprometida. En última instancia, estas variaciones pueden desembocar en una menor producción global de cereales y otros bienes agropecuarios, impulsando una escalada en los precios internacionales de los alimentos y, por ende, en los costes para el consumidor final.
La repercusión de esta situación adquiere una relevancia particular en América Latina, una zona vital para el abastecimiento global de alimentos, pero que, paradójicamente, mantiene una alta dependencia de los fertilizantes provenientes del exterior. A modo de ilustración, Brasil adquiere entre el 80% y el 85% de los fertilizantes que emplea su sector agrícola. Argentina muestra una dependencia importadora considerable, cubriendo casi el 60% de su demanda a través de terceros países. En naciones como Chile, Perú o Colombia, esta dependencia externa es incluso más acentuada.
Datos recientes del Banco Mundial revelaron un incremento del 6,5% en los precios de los fertilizantes en febrero de 2026 respecto al mes precedente, en un contexto de mercado ya presionado por restricciones productivas, la escalada de los costes energéticos y las interrupciones comerciales. Paralelamente, la Agencia Internacional de la Energía ha venido alertando sobre la extrema vulnerabilidad de los mercados de energía y logística frente a cualquier disrupción en la región del Golfo y en las rutas marítimas clave. Esto sugiere que el efecto podría ir más allá de una perturbación transitoria.
Cifras recabadas por el IICA indican que alrededor del 80% de las unidades de producción agrícola en América Latina y el Caribe corresponden a pequeñas o medianas explotaciones familiares. Millones de estas unidades son pilares en la generación de empleo, el sustento de las comunidades rurales y el suministro de una parte crucial de los mercados domésticos. Adicionalmente, en diversas naciones, estas explotaciones cumplen un rol vital en el aprovisionamiento de alimentos frescos y productos de primera necesidad.
Cuando los precios de los fertilizantes se disparan, la repercusión en este segmento es instantánea y grave. De ahí que el encarecimiento de estos insumos no se limite a ser una dificultad para la agricultura, sino que puede transformarse en una amenaza palpable para la seguridad alimentaria, la capacidad de las familias para arraigarse en sus entornos rurales y la cohesión social en amplias extensiones territoriales.
La lectura es inequívoca: América Latina y el Caribe deben implementar con urgencia una estrategia de manejo prudente de los fertilizantes. Ante la coyuntura actual, es imperativo salvaguardar a la agricultura familiar y a los pequeños y medianos productores; articular una política regional de aprovisionamiento que contemple esquemas de compra, almacenamiento y negociación conjuntos; y, de manera crucial, concebir una hoja de ruta a mediano plazo para atenuar la dependencia de los fertilizantes foráneos y promover el uso sustentable de biofertilizantes. Esto implica fomentar la producción interna, diversificar proveedores, reactivar la capacidad industrial, optimizar el empleo de nutrientes e integrar, cuando sea viable, bioinsumos y prácticas de agricultura de precisión.
El IICA, en colaboración con sus aliados en ciencia, tecnología e innovación, trabaja en la aplicación de herramientas biotecnológicas y un enfoque holístico para potenciar la eficiencia de los sistemas agrícolas, elevando tanto su productividad como su valor nutricional. Las guerras no se confinan únicamente a los campos de batalla. Sus ecos resuenan en el coste del pan, las verduras, el maíz, el arroz y la carne. Y en el trasfondo de todo ello, de forma discreta, se halla el fertilizante. Si la acción no es oportuna, el precio más alto a pagar no será meramente monetario, sino que se manifestará en dimensiones sociales, territoriales y alimentarias.
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